y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Juan 8:31
LA DESCENDENCIA GENUINA DE LA UNIÓN DEL ESPÍRITU SANTO Y LA IGLESIA CATÓLICA, SU ESPOSA. LAS PRETENSIONES DEL PROTESTANTISMO DE TENER ALGUNA PARTICIPACIÓN EN ELLA SON DEMOSTRADAS COMO INFUNDADAS, AUTOCONTRADICTORIAS Y SUICIDAS.
Nuestra atención ha sido dirigida al tema mencionado durante la última semana mediante la recepción de un folleto de veintiuna páginas, publicado por la Asociación Internacional de Libertad Religiosa, titulado “Appeal and Remonstrance”, que contiene resoluciones adoptadas por la Conferencia General de los Adventistas del Séptimo Día (24 de febrero de 1893). Las resoluciones critican y censuran, con considerable acritud, las acciones del Congreso de los Estados Unidos y de la Corte Suprema, por invadir los derechos del pueblo al cerrar la Feria Mundial los domingos.
Los adventistas son el único cuerpo de cristianos que, teniendo la Biblia como su maestro, no pueden encontrar en sus páginas autorización alguna para cambiar el día del séptimo al primero. De ahí su denominación: “Adventistas del Séptimo Día”. Su principio fundamental consiste en apartar el sábado para la adoración exclusiva de Dios, en conformidad con el mandamiento positivo de Dios mismo, reiterado repetidamente en los libros sagrados del Antiguo y Nuevo Testamento, obedecido literalmente por los hijos de Israel durante miles de años hasta el día de hoy, y respaldado por la enseñanza y práctica del Hijo de Dios mientras estuvo en la tierra.
Por el contrario, los protestantes del mundo, exceptuando a los adventistas, con la misma Biblia como su apreciado y único maestro infalible, mediante su práctica desde su aparición en el siglo XVI, teniendo ante sus ojos la antigua práctica del pueblo judío, han rechazado el día señalado por Dios para Su adoración y han adoptado, en aparente contradicción con Su mandamiento, un día para Su culto que jamás es mencionado para tal propósito en las páginas de ese Volumen Sagrado.
¿Qué púlpito protestante no resuena casi cada domingo con fuertes y apasionadas invectivas contra la violación del sábado? ¿Quién puede olvidar el clamor fanático de los ministros protestantes a lo largo y ancho del país contra la apertura de las puertas de la Feria Mundial los domingos? ¿Las miles de peticiones, firmadas por millones, para salvar el Día del Señor de la profanación? Ciertamente, tal excitación generalizada y tales ruidosas protestas no podrían haber existido sin fundamentos sumamente fuertes para dichas manifestaciones.
Y cuando se asignaron espacios en la Feria Mundial a las diversas sectas del protestantismo para la exhibición de artículos, ¿quién puede olvidar las enfáticas expresiones de virtuosa y concienzuda indignación mostradas por nuestros hermanos presbiterianos tan pronto como supieron de la decisión de la Corte Suprema de no intervenir en la apertura dominical? Los periódicos nos informaron que ellos rehusaron categóricamente utilizar el espacio concedido o abrir sus cajas, exigiendo el derecho de retirar sus artículos, en rígida adherencia a sus principios, y declinando así todo contacto con la exhibición sacrílega y violadora del sábado.
Sin duda, nuestros hermanos calvinistas merecieron y compartieron la simpatía de todas las demás sectas, que, sin embargo, perdieron la oportunidad de presentarse como mártires en defensa de la observancia del sábado.
Así llegaron a ser un “espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres”, aunque sus hermanos protestantes, que no compartieron tal monopolio, estuvieron poco caritativamente y con envidia inclinados a atribuir su firme adhesión al principio religioso al orgullo farisaico y a la obstinación terca.
Nuestro propósito al publicar este artículo es arrojar luz sobre esta importantísima cuestión (porque si la cuestión del sábado fuese removida del púlpito protestante, las sectas se sentirían perdidas y los predicadores privados de su “queso Cheshire”), para que nuestros lectores puedan comprender el tema en todas sus implicaciones y así llegar a una clara convicción.
El mundo cristiano está, moralmente hablando, unido en la cuestión y práctica de adorar a Dios el primer día de la semana.
Los israelitas, dispersos por toda la tierra, guardan el último día de la semana como sagrado para la adoración de la Deidad. En este aspecto particular, los adventistas del séptimo día (una secta cristiana numéricamente pequeña) también han escogido el mismo día.
Tanto los israelitas como los adventistas apelan a la Biblia para el mandamiento divino que obliga persistentemente a la estricta observancia del sábado.
El israelita respeta únicamente la autoridad del Antiguo Testamento, pero el adventista, que es cristiano, acepta el Nuevo Testamento sobre la misma base que el Antiguo: es decir, como un registro igualmente inspirado. Él encuentra que la Biblia, su maestro, es consistente en ambas partes; que el Redentor, durante Su vida mortal, nunca guardó otro día que no fuera el sábado. Los Evangelios le muestran claramente este hecho; mientras que en las páginas de los Hechos de los Apóstoles, las Epístolas y el Apocalipsis, no puede encontrarse ni el más mínimo vestigio de un acto que cancele el arreglo sabático.
Los adventistas, por lo tanto, en común con los israelitas, derivan su creencia del Antiguo Testamento, posición que es confirmada por el Nuevo Testamento, respaldando plenamente mediante la vida y práctica del Redentor y de Sus apóstoles la enseñanza de la Sagrada Palabra durante casi un siglo de la era cristiana.
Numéricamente considerados, los adventistas del séptimo día forman una porción insignificante de la población protestante de la tierra; pero, dado que la cuestión no es de números, sino de verdad y justicia, un estricto sentido de equidad prohíbe condenar a esta pequeña secta sin una investigación calmada e imparcial; eso no es asunto nuestro.
El mundo protestante ha estado, desde su infancia en el siglo XVI, en completo acuerdo con la Iglesia Católica al guardar “santo”, no el sábado, sino el domingo. La discusión de las bases que condujeron a esta unanimidad de sentimiento y práctica durante más de 300 años debe ayudar a colocar al protestantismo sobre una base sólida en este aspecto, si los argumentos a favor de su posición logran superar aquellos presentados por los israelitas y los adventistas, siendo la Biblia —el único maestro reconocido por ambos contendientes— el árbitro y testigo.
Sin embargo, si por el contrario los últimos presentan argumentos incontrovertibles para la gran masa de protestantes, ambos grupos contendientes apelando a su maestro común, la Biblia, entonces el gran cuerpo del protestantismo, lejos de clamar, como lo hace con vigorosa persistencia, por la estricta observancia del domingo, no tendría otro recurso que admitir que ha estado enseñando y practicando durante más de tres siglos algo que es bílicamente falso, al adoptar la enseñanza y práctica de lo que siempre ha pretendido creer que es una iglesia apóstata, contrariamente a toda autoridad y enseñanza de las Sagradas Escrituras.
Para aumentar la gravedad de este error escriturístico e imperdonable, ello involucra uno de los mandamientos más positivos y enfáticos de Dios a Su siervo, el hombre: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo”.
Ningún protestante vivo hoy ha obedecido jamás ese mandamiento, prefiriendo seguir a la iglesia apóstata antes mencionada antes que a su maestro, la Biblia, la cual, desde Génesis hasta Apocalipsis, no enseña otra doctrina, si los israelitas y los adventistas del séptimo día tienen razón.
Ambas partes apelan a la Biblia como su maestro “infalible”. Que la Biblia decida si el sábado o el domingo es el día ordenado por Dios. Uno de los dos grupos debe estar equivocado y, dado que una posición falsa sobre esta importantísima cuestión implica terribles castigos amenazados por Dios mismo contra el transgresor de este “pacto perpetuo”, entraremos en la discusión de los méritos de los argumentos presentados por ambas partes.
Tampoco está la discusión de este tema trascendental por encima de la capacidad de las mentes ordinarias, ni requiere un estudio extraordinario. Se reduce a unas pocas preguntas sencillas y fáciles de resolver:
1.º ¿Qué día de la semana ordena la Biblia guardar como santo?
2.º ¿Ha modificado el Nuevo Testamento, por precepto o práctica, el mandamiento original?
3.º ¿Han obedecido los protestantes, desde el siglo XVI, el mandamiento de Dios guardando “santo” el día ordenado por su guía y maestro infalible, la Biblia? Y si no, ¿por qué no?
A las tres preguntas anteriores nos comprometemos a proporcionar respuestas inteligentes que no pueden dejar de vindicar la verdad y poner de manifiesto la deformidad del error.